Fecha: 21 julio, 2016

La psicóloga lagunera Lila Adana trabaja como profesora en la Universidad de Quito, donde lidera proyectos educativos y de investigación. Tras el terremoto del pasado abril, colabora además apoyando a los damnificados junto con las brigadas de salud mental

Con una gran vocación por la educación, amplia formación en psicología clínica y unas profundas raíces latinoamericanas, la lagunera Lila Adana se embarcó hace tres años en una nueva vida, junto a su novio Alberto, en Ecuador, donde a día de hoy gana experiencias cada día y se vuelca con inumerables proyectos.

¿Cómo fue la decisión de marcharte tan lejos?

Me motivaba mucho conocer un nuevo mundo y a mí misma, mi padre es chileno y una parte de mí quería vivir en latinoamérica y empaparme de su cultura. Antes de venir y después de mi carrera y mis dos másters trabajé en España: la realidad era mala y no estaba dispuesta a tirar ocho años de estudios.

¿Era Ecuador el lugar que esperabas?

Nunca había estado y me sorprendió en todos los sentidos: es uno de los países más bellos que he visto. La adaptación fue difícil, sentí mucha soledad, aunque nos acogieron bien. Hay cosas negativas como el acoso callejero o no poder salir sola por la noche, pero a los españoles nos valoran mucho -muchos han vivido en España y ahora se percibe su regreso-, es un pueblo generoso. Tal vez me gustaría que fuera más fácil interactuar con sus comunidades de forma horizontal. Las diferencias culturales son muchas y depende de zonas o etnias. Creen más en la naturaleza, y en lo espiritual es apasionante el tema de los chamanes, las limpias, las brujas…

¿Cómo es tu día a día en el trabajo?

Doy clases de pruebas psicológicas y psicopatología infantil. Además he trabajado en proyectos de prevención del maltrato intrafamiliar con comunidades indígenas y actualmente lidero otro para fomentar el bienestar psicosocioafectivo con niños y adolescentes. También colaboro en otro proyecto de investigación con la Universidad de Bilbao. En general no hay muchas diferencias entre la Universidad aquí y en España. La educación superior está en plena transición en Ecuador. Nos llevan ventaja en cuanto a que los alumnos tienen la obligación de hacer horas en proyectos de vinculación con la comunidad.

¿Cómo viviste el terremoto del pasado abril?

Fue un susto muy grande. Al principio sentía malestar y mareo. No le dí mucha importancia, pero a medida que me informaba me dí cuenta de su magnitud. En Quito no hubo apenas daños, pero el desastre en la costa puso en estado de emergencia el país entero, y las réplicas no han dejado de perjudicar las cosas. Cuando se ve esto en televisión empatizas pero sigues con tu vida. Yo no podía: sentía una impotencia enorme, el ambiente era de profunda tristeza. Me metí sin dudarlo en las brigadas de salud mental y ahora colaboro en un proyecto en una zona afectada apoyando psicológicamente a las víctimas, reconstruyendo una comunidad y contribuyendo a la reactivación económica.

Los medios españoles se han hecho eco, pero se ha olvidado muy rápido: aquí hay más de 30.000 españoles, deberíamos sensibilizarnos más. Este tipo de desastres no se solucionan en tres meses: hay 35.000 viviendas devastadas y más de 700 muertos, y la mejor manera de ayudar es económicamente.

¿Cómo te planteas tu futuro?

Es una incógnita que a día de hoy no puedo resolver. Aunque estoy cómoda aquí no veo un futuro lejos de mi familia y me gustaría volver a España. No es la tierra sino las personas, aunque también se echa de menos la comida, las terrazas, las fiestas…Por otro lado vivir aquí me ha permitido conocer Argentina con mi familia, recorrer Perú, Bolivia y Chile cumpliendo un sueño con mi amiga Marta, conocer Cuba, donde nos mostraron que la riqueza va más allá de lo económico…y pronto visitaré Nicaragua y Colombia. Tengo claro que viajar es la mejor manera de disfrutar de la vida.