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Tras graduarse en ingeniería química, la lagunera se encuentra realizando su doctorado al tiempo que trabaja en el proyecto de investigación VALORCOMP. A través de este se estudian formas viables de producir combustible y fertilizantes reutilizando residuos, en pos de favorecer la sostenibilidad y la ecología, tal y como marcan las directrices europeas.

Si hace unas décadas nos hubiesen hablado de la posibilidad de conducir un coche que usa los residuos generados en la producción cervecera como carburante, seguramente habríamos creído estar ante un delirio distópico. Sin embargo, y gracias a la investigación científica, cada vez estamos más cerca de reutilizar, en nuestro día a día, los desechos que al tiempo generamos, propiciando una economía circular que respete el Medio Ambiente y, a su vez, sustituya unos combustibles fósiles cada vez más limitados.

Al menos eso es lo que cree Marina Fernández, ingeniera química lagunera, quien, tras aprobar un máster en ingeniería industrial y realizar una beca de colaboración, trabaja como investigadora para el proyecto VALORCOMP, paralelamente al desarrollo de su doctorado. En dicho proyecto, y desde hace ya dos años, pertenece al grupo de investigación de procesos químicos y bioquímicos, dentro del Instituto de Procesos Sostenibles que se enmarca dentro de la Universidad de Valladolid.

Concretamente, el proyecto, en el que colaboran diversas empresas, entidades y universidades, desarrolla, por un lado, una línea de investigación que tiene, como objetivo, crear un combustible viable a base de bagazo, un residuo que se genera en la producción de cerveza. “El bagazo se usa únicamente como pienso para animales, y con la creación de biobutanol intentamos darle otra salida”, apunta la investigadora, cuyo proyecto depende tanto de la Junta de Castilla y León como del Ministerio de Ciencia.

Pese a que existen múltiples líneas de investigación similares en otras universidades, en Valladolid llevan 15 años desarrollando distintos procesos para conseguir un combustible barato y adecuado al uso cotidiano. “En mi caso mi trabajo ha sido optimizar la etapa de pretratamiento, y aún queda hacer balance económico para saber si es viable. Queda mucho por investigar, necesitamos abaratar costes para poder comercializar el combustible a nivel industrial”, apostilla Fernández, quien se muestra optimista a la hora de conseguir una “alternativa verde” al petróleo. “Si no lo hacemos va a ser un problema para todos, puesto que los combustibles fósiles son contaminantes y en algún momento se van a agotar. Las grandes empresas van a verse obligadas a invertir en estos proyectos”, afirma.

Paralelamente, Fernández es pionera en otra línea de investigación: la que tiene como objetivo crear fertilizantes a base de compost. En este sentido, y en colaboración con la Universidad de Braganza, aquí el propósito es usar material de la recogida de basura no selectiva -que contiene muchos plásticos o cristales- y extraer de él los nutrientes que aún posee de cara a producir un fertilizante apto para el campo. “La idea es, de nuevo, darle un valor añadido a los residuos, y por el momento he logrado cierto éxito en mis pruebas de germinación y creo que puede ser rentable económicamente”, señala la lagunera.

En cuanto a la situación en que se encuentra la investigación en España, Fernández cree que “está muy difícil, no contamos con demasiados recursos de las instituciones y estamos compitiendo con grandes economías emergentes como China o India, por lo que es una lucha constante”.

En este punto, la investigadora considera que esto “solo es posible gracias a las sinergias generadas entre la Universidad y ciertas empresas que aportan financiación”. “El departamento de ingeniería química es de los más punteros de la ciudad, con 80 investigadores, pero la Universidad por sí sola no podría hacer frente a estos costes”, apunta, insistiendo en que “dependemos mucho de lo que quiera Europa”. Pese a todo, La UVa hace una importante apuesta intentando retener a los jóvenes talentos -su grupo está formado por personas de entre 25 y 35 años, los cuales tienen “la fortuna” de poder dedicarse a esta labor en Valladolid-.

Con un contrato que se prolongará hasta 2023 y un arranque profesional meteórico, en el que no ha parado de engarzar másters y prácticas, Marina Fernández no ceja en su empeño por seguir mejorando, y en septiembre se desplazará al Instituto Politécnico de Braganza, donde permanecerá tres meses.

“Mi intención es seguir investigando: trabajar en el laboratorio y descubrir nuevas cosas todos los días me encanta”, señala. Aunque mantiene abierta la opción de dar clases o dirigir proyectos de fin de grado, la lagunera no descarta, en un futuro próximo, trabajar en el sector privado, en vista de las dificultades que hay en el campo de la investigación. Lo importante, sea en el sector que sea, es seguir dando pasos hacia un progreso científico que nos permita, en adelante, optimizar recursos, en nuestro día a día, de manera sostenible.