Fecha: 17 marzo, 2015

Entrevistamos a Manuel Merino, podólogo de profesión y poeta por vocación además de residente de Torrelago

Sensible, iluminado por los astros en una vida plena, maduro, que analiza y despierta los sentidos, así es Manuel Merino. Llega preparado para la ocasión. No olvida su corbata anudada al cuello, su sonrisa y su inestimable compañero de fatigas, ese bastón que le guía tras 87 años de pura vida. De su mirada se traduce el resplandor de una persona que ha disfrutado de cada etapa, de la cual reitera que “volvería una y mil veces a repetir”. Es la esencia de un tiempo pasado, donde los valores y el respeto no se encontraban en un altillo.

Nacido en Madrid el 3 de agosto de 1927 ha vivido la Guerra Civil, la dictadura, la transición y la sucesión de cambios políticos en el poder. De padre militar y enamorado de las letras y la música, ya desde la infancia realizó sus primeros pinitos en la literatura “buscando rimas consonantes, alternándolos con difíciles sonetos”.

Pronto recuerda sus años de universidad en Valladolid, donde pese al amor a los poemas, la medicina fue su elección. Practicante en SAVA – Sociedad Anónima de Vehículos Automóviles – compaginó su vida con la podología ya que tenía su propia consulta en la calle Montero Calvo.

Fueron años antes cuando conoció a su verdadero amor, su mujer. 54 primaveras que han marcado la vida de Manuel y que son protagonistas de buena parte de su poemario. Atrás queda esa primera cita; “fuimos a ver Las cuatro plumas en el teatro Pradera. Antaño frenábamos la vida sexual en beneficio de los valores humanos, disfrutando del olor de su perfume, sus virtudes, su sonrisa, antes de ir a ver si la tocábamos las narices“.

Su primera obra publicada fue “Balcones Interiores” que data del año 2011. Se trata de una colección de poemas que marcan la memoria de la vida de Manuel en prosa. El amor, el saber, la vida o el mismo dios representan buena parte de su fuente de inspiración. Esta obra propone “un recorrido por diferentes estados del alma, donde la musicalidad emerge entre una métrica libre con rima anárquica y desenfadada”.

Actualmente Manuel ha escrito su propia memoria, un recuerdo latente y duradero de una vida “sin miedo a morir, con un sinfín de pensamientos arremolinados y donde se aprecian de manera cronológica etapas o hechos de mi vida”. Con más de 150 poemas en la recámara el autor quiere publicar un nuevo poemario aunque “el coste del mismo necesita de una inversión importante”.

Como vecino de Laguna de Duero, y en concreto del barrio de Torrelago, lleva más de 30 años en el municipio. Llegó acompañado de sus seis hijos, utilizando su piso como “un retiro espiritual cada fin de semana para dejar atrás el ruido y trasiego de una ciudad como Valladolid”. Su jubilación en los 90 le llevó a ubicarse definitivamente en Laguna, donde disfruta cada día de sus parajes, de sus gentes, o de la tranquilidad de un pueblo que le recibió “con los brazos abiertos”.

Dentro de su ideario sobre la iglesia católica, Manuel ha llegado a escribir personalmente al Papa Francisco, al que le envió su libro y una pequeña carta para que reflexionara sobre la “adaptación del catolicismo a los tiempos que corren”. De esta iniciativa recibió incluso una respuesta desde el Vaticano.

En definitiva Manuel es de esas personas que disfruta de su vida. En su memoria, ahora compartida, reside una savia plagada de instantes, adornados por el brillo del amor eterno, perpetuo como la mirada profunda y sincera de un hombre que vive enamorado de todo cuanto le rodea, muy a pesar de esos días de tormenta que, en algunas ocasiones, a todos nos acompañan.