Casi dos décadas después de la suspensión de la ‘mili’, tres laguneros recuerdan cómo vivieron su año de prestación social sustitutoria al cuidado de varios grupos de escolares del municipio

Qué forma más bonita de servir a la patria la de estos tres quintos! Sin perder el tiempo en guardias que de nada sirven cuando el enemigo te suelta una bomba atómica”. Con estas palabras se refería, en una de sus crónicas de 1999, Timoteo Herrero, a su sobrino Gustavo, quien, junto con Óscar Gómez y David Luis, se encontraba en pleno año de prestación social sustitutoria al cuidado de varios grupos de niños del municipio. Se trataba de uno de los años previos a la suspensión de la ‘mili’, que fue sentenciada definitivamente por el gobierno Aznar en 2001, poniendo fin a un sistema de reclutamiento con 231 años de historia.

Al igual que tantos jóvenes, ninguno de estos tres laguneros sentía, en absoluto, vocación por la llamada a filas, prorrogando incluso, en el caso de Gómez y Luis, el plazo para realizar la prestación debido a los estudios que estaban cursando. “Estábamos a punto de acceder a nuestro primer trabajo, y aunque sabíamos que la ‘mili’ tenía los días contados, era difícil que alguna empresa te contratase si tenías pendiente hacer el servicio militar”, recuerdan, incidiendo en que “los jóvenes en general veían la ‘mili’ con desmotivación, y algunos volvían incluso con problemas psicológicos después de hacerla debido a la presión o las novatadas”.

En el caso de Gustavo Herrero, tuvo claro que su salida era la prestación social cuando vio publicado su destino en el sorteo de los quintos, en el periódico. “Me tocaba Ceuta, con los regulares, así que no lo dudé y me acogí a la prestación social”, afirma, señalando que fueron sus principios pacifistas los que le llevaron a trabajar primero en la biblioteca de la Universidad INEA para después unirse a Gómez y Luis y comenzar a cuidar a los escolares. “En Laguna podías prestar servicio en Protección Civil, en Cruz Roja o cuidando a niños en el colegio que te tocara”, afirman. Su trabajo consistía en acompañar a los alumnos de Doña Esperanza hasta el comedor de La Nava, alimentarles, cuidarles en el patio y, en ocasiones, llevarles en el autobús.

“Cuidabamos a niños desde los tres años sin tener ninguna preparación, lo que hoy en día sería impensable”, afirman, señalando que “el estado se aprovechaba de la situación y empleaba a los objetores para realizar un trabajo casi gratuito” que, años más tarde, realizarían monitores profesionales. En este sentido, eran 1.200 pesetas las que tenían asignadas como sueldo mensual. “Solo siete euros al mes, hasta bromeábamos cuando nos lo ingresaban en la cuenta”, ríen.

Aunque en los noventa había cada vez menos jóvenes que hicieran la ‘mili’ -en los últimos años se presentaban voluntarios aproximadamente un 10% de los quintos- reconocen que la objeción de conciencia seguía mal vista en algunos sectores. “Había pintadas de ‘insumisos presos’, y algún niño nos preguntaba si debíamos estar en la cárcel”, bromean, al tiempo que consideran que “con el tiempo hemos visto que hicimos una buena labor social, y pese a todo estamos muy orgullosos de haber participado en ello”.