Laguna de Duero, un enclave con tradición y raíces vinícolas

Durante siglos, nuestro municipio atesoró gran producción de vino de calidad, hasta que los cultivos de huerta sustituyeron la mayoría de las cepas de vid

En medio de una región con gran representatividad dentro del mundo vinícola, Laguna ha sido, desde tiempos inmemoriales, una importante cuna de la viticultura. Transmitida de generación en generación, la elaboración de vino fue, durante siglos, uno de los pilares de la economía local, aportando unos matices culturales y sociales propios.

En los primeros momentos históricos de que se tiene constancia, los derechos de la venta del vino de Laguna pertenecían a los frailes del Abrojo, que recibían como tributo el propio caldo elaborado por los vecinos. Este siempre fue blanco de sisas y diezmos, lo cual hacía que los agricultores declarasen cosechas inferiores para reducir en lo posible el tributo a entregar. Desde siempre, las zonas de cultivo de vid se extendieron entre la Ermita y el límite con La Cistérniga -lo cual explica la proliferación de bodegas en la zona- el área entre Prado Boyal y el Pinar de Antequera y los claros entre la actual acequia y el Duero.

Una de las zonas más extensas de viñedo se ubicaba entre la senda de los Ingleses y el camino viejo de Puente Duero, y pertenecía al colegio de Los Ingleses (San Albano). Estos eran los mayores propietarios de viñedo en Laguna, con más de la cuarta parte de su extensión. Lo cierto es que, ya a mediados del siglo XVIII, se producían 10.000 cántaras al año, triplicando el valor de la producción de trigo. Junto a la cebada, el vino era el principal protagonista de la superficie agrícola.

Al llegar el siglo XIX la producción de vid aumentó incluso un 25% más, llegando a ser 1832 el año de mayor producción, con 21.000 cántaras. Aunque lejos de la producción de aldeas como la de Tudela -que generaba 120.000 cántaras al año- las 41 bodegas de Laguna estaban llenas siempre que lo permitieran las condiciones meteorológicas de cada año. El resultado era realmente bueno: un diario de 1787 ya hablaba de la “exquisita calidad y gusto” del caldo lagunero, que nada tenía que envidiar del de sus pueblos vecinos. Aunque por entonces todos los labradores del municipio tenían sus viñedos la producción vinícola estaba a punto de extinguirse debido a dos factores que fueron determinantes.

Laguna contó históricamente con numerosos lagares y bodegas, gran parte de las cuales se concentran en el alto que circunda la Ermita del Villar, al tratarse esta de una de las zonas en las que abundaban las cepas. No obstante, el vino se elaboraba artesanalmente también en distintas bodegas familiares en el casco antiguo del municipio, muchas de las cuales han ido desapareciendo. En estos lugares se llevaban a cabo las labores de almacenaje y, además, diversos trabajos como el pisado a través de primitivas prensas.

La construcción de la acequia, en 1904, supuso la transformación total de los cultivos dando paso a la huerta. Más de 800 hectáreas se convirtieron a regadío mientras que los viñedos se vieron afectados además por la plaga de la filoxera. Enfermos como estaban, fueron arrancados y sus terrenos expropiados para dar paso a cosechas de remolacha o a la plantación de pinares en los peores casos. El cultivo de vid daba lugar a su práctica desaparición. Como anécdota, las cepas retiradas en Laguna fueron vendidas y replantadas en la región francesa de Burdeos, causando, años más tarde, la desazón de las autoridades galas, que culpaban a España de ser causante del rebrote y expansión de la peste en sus cepas.

Años más tarde de esta importante transformación, aún quedan dos productores de vino de notable éxito en nuestro municipio. Por un lado, las Bodegas Peñascal, asentadas en 1973 y con unas de las más modernas tecnologías de la región. Por otra parte, la Bodega Finca Tres Jotas, de la familia Hernández, que desde su nacimiento en 1990 ha acaparado gran reconocimiento a nivel nacional e internacional.

Más del 80% de la producción actual de uva de Laguna pertenece a la variedad de tempranillo, cuyos racimos son grandes y cuentan con buena fertilidad y maduración temprana. En segundo lugar existe, a menor escala, la variedad garnacha, de la que se obtienen buenos vinos rosados.

A pesar de la radical transformación que acabó con la práctica totalidad del viñedo lagunero a principios del pasado siglo, aún se conservan numerosos lagares y bodegas en Laguna. A día de hoy, y desde un uso meramente recreativo, dan cuenta de una historia que ha marcado el porvenir gastronómico, cultural y social de un municipio donde se sigue apreciando la calidad y el gusto del buen vino de la región.

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