Las salinas jamás pudieron ser aprovechadas por el concejo local debido a un Real Privilegio librado en favor del Convento de Santa Clara de Tordesillas

Pocos vestigios quedan en la actualidad de las antiguas salinas de Laguna, cuya explotación benefició históricamente, a través de un real privilegio, al Convento tordesillano de Santa Clara. El propio origen salinoso de la laguna es, de hecho, toda una incógnita. Sus beneficios, para los laguneros, se limitaron durante siglos al uso medicinal de estas aguas, que a menudo se utilizaron para la curación de herpes. Sin embargo, uno de los más importantes recursos económicos de la laguna jamás fue provechoso para el concejo local y sus vecinos.

La explotación económica de la sal de compás adquirió importancia en toda la península a partir del siglo XI. Fue entonces cuando la propiedad salinera fue absorbida totalmente por los grandes señores, iglesias y monasterios. Durante los siglos XVI y XVII las necesidades y la escasez hicieron resurgir la búsqueda de salinas en las zonas del interior peninsular.

A mediados del siglo XVIII, la titularidad de las salinas vallisoletanas pasaron a manos de la corona, que nombró administradores y favoreció la aparición de libros de contabilidad. Por entonces, la extracción de la ‘sal de cancharón’ de las pozas de Aldeamayor -las más importantes en su cercanía con Laguna- estaba llegando a su fin. Su inminente cierre coincidió con la construcción, en el año 1770, de una fábrica-almacén en la villa de Laguna de Duero.

En aquellos años, y en vista de la necesidad de mejorar la explotación, Manuel Orduña, escribano y gestor de las salinas de Laguna, se dirigió al Monte-Pío de Rentas Reales con el objetivo de solicitar una inversión que permitiera optimizar la extracción de sal.

Tal y como menciona el historiador Javier Palomar en el ‘Cronicón de Laguna’, las salinas de Laguna nunca jugaron un papel demasiado importante en el abastecimiento de la capital vallisoletana. Las deficiencias en las infraestructuras laguneras impedía la eficacia en la explotación, que se limitaba a las tradicionales eras.

Estas consistían en balsas de escasa profundidad donde se estancaba el agua para que se evaporase y formara la salmuera, con una serie de zanjas para la conducción del agua hacia dichas eras, y un modesto almacén donde se guardaba la sal y se despachaba. En cuanto a las herramientas, se reducían a a unas cuantas palas, azadones y canastos de mimbre para la recogida y una romana para pesar y despachar los pedidos. El transporte a los almacenes se realizaba con los carros de los propios vecinos.

La producción, según Palomar, raramente sumaba las 5000 arrobas de sal por temporada, cantidad que Orduña -el gestor de aquella época- estaba convencido de que se podía superar de manera notable con las inversiones adecuadas. Sin embargo se desestimó la solicitud de Orduña y las salinas languidecieron. El Ayuntamiento firmaría su acta de defunción en 1835, declarando que en este municipio no se hallaba existencia alguna de sal.

Esporádicamente las salinas se pudieron explotar, no obstante, durante algunos años más. En los registros figura 1786 como el año de la sal en Laguna, si bien la producción solía ser muy irregular y dependía de los factores climatológicos. Como anécdota, históricamente figura en los registros la existencia de personas encausadas por robo de sal sin autorización en la zona, lo cual da a entender que este producto era aprovechado también de manera furtiva.

En definitiva, los laguneros desarrollaron diferentes oficios relacionados con el aprovechamiento de la laguna y sus recursos, si bien la explotación salinera transcurrió sin pena ni gloria para el conjunto de los vecinos. A día de hoy, tan solo el nombre de una de las avenidas más importantes del municipio recuerda una antigua poza que, según se dice, estaría ubicada bajo los límites del actual estadio de fútbol.

En la imagen inferior, recibos por el cobro de extracción de sal provenientes de un libro de cuentas del siglo XVIII.