La pasada semana nos dejó este ilustre vecino, que, entre otros logros, creó la primera escuela de dulzaina de la provincia de Valladolid en 1980

La música ha perdido desde la pasada semana a uno de sus embajadores de las melodías más tradicionales. Nacido y criado en Laguna de Duero, hijo y nieto de dulzaineros, Jonás Ordoñez se arrancó con este instrumento de la mano de su padre. Su abuelo, maestro de la guitarra, el acordeón o la dulzaina, sirvió como ilustre ejemplo para Jonás y su padre, que vieron en este instrumento una forma de entender la vida.

Su padre llegó incluso a tocar con dulzaineros de renombre como Daniel Esteban y el gran Agapito Marazuela. Esto sirvió para que el bueno de Jonás se empapara, por aquellos años 50, de la técnica para tocar la dulzaina, en una época donde empezaron a cobrar importancia las orquestinas, y el instrumento que tocaban padre e hijo se tocaba en los descansos.

Jonás vivió un parón musical de 12 años, volviendo a coger la dulzaina 12 años en plenos años 70. Los hijos de este siguieron la estela de la familia Ordoñez, y prueba de ellos es la trayectoria de su hija Adelina, primera dulzainera castellana, así como la de Goyito.

En su labor por difundir la música tradicional castellana, Jonás creó la primera escuela de dulzaina de la provincia de Valladolid, en 1980, en colaboración con el Ayuntamiento de Laguna. En esos últimos años, ha estado dedicado a la construcción artesanal de instrumentos. En este campo, el hecho de ser autodidacta no ha impedido que Jonás  se convirtiera en un reconocido artesano de pipas de dulzaina, las cuales vendía a todas partes de España y a países como Francia y Alemania.

Entre sus composiciones más destacadas, este músico lagunero nos ha dejado  ‘el Charamugo’, una pieza a medio camino entre una diana y unas “habas” a la que muchos denominan simplemente “las habas de Laguna”, tal y como confirma el historiador local, Javier Palomar.

Hoy nos deja un músico, un padre y un artesano como esta villa no ha tenido. Gracias, Jonás.