Fecha: 23 mayo, 2016

Esperanza Díez ha enseñado el oficio de bordadora a generaciones enteras de laguneras, una labor que el municipio agradece hoy homenajeándola 

Hubo un tiempo en Laguna en que los lavaderos eran algo más que el nombre de una plaza, y las célebres máquinas Singer no servían únicamente como adornos ‘retro’ para la sala de estar. La rutina diaria de las mujeres, por entonces inmersas en unos roles de género que se impartían desde la escuela, pasaba de las tareas domésticas a las de lavandera, tejedora y bordadora. En muchas ocasiones, eran ellas, con su trabajo incansable, las que salvaban la economía familiar gracias a sus arduas tareas en la tabla de lavar o a esas noches sin dormir con la mente puesta en la vainica o la crucetilla.

Una de esas mujeres tiene hoy 72 años, y además de haber dedicado toda una vida a cuidar de su familia, llegó a convertirse en maestra bordadora, destacando en toda la provincia por su saber hacer y enseñando su trabajosa labor a generaciones enteras de laguneras. Esperanza Díez llegó al municipio con tan solo dos años. Había nacido en Peñafiel, pero a su padre le habían destinado a la estación de Laguna de Duero como guarda de aguja. La mala fortuna quiso que un accidente dejase huérfana a Esperanza, que al igual que sus hermanos pasó la infancia en colegios ferroviarios de Torremolinos y Palencia.

Precisamente fue en la escuela donde, por primera vez, las profesoras vieron en ella un talento fuera de lo normal. Parecía que en aquella niña que pasaba las tardes tejiendo vestidos para sus muñecas había madera de costurera. Al crecer, se instaló de nuevo en Laguna. Por entonces no había bordado que se le resistiera, y pronto encontró oficio en un taller de Valladolid, además de impartir clases a las laguneras, que trabajaban con ella en la elaboración de mantelerías. “Cada juego tardábamos semanas en acabarlo, me solía quedar hasta las tres de la madrugada cada noche bordando”, relata Esperanza, quien después llevaba sus encargos a los clientes: familias pudientes de todas partes de España. Era un oficio rentable, aunque el trabajo era extremadamente laborioso: la bordadora personalizaba todos y cada uno de los diseños, que solía inspirar en las revistas de la época.

La profesionalidad de Esperanza llegó a tal punto que incluso daba clases a las niñas de la escuela. Todo un trabajo que compatibilizaba con las labores del hogar y su segundo oficio de lavandera. Por entonces, según recuerda, “Laguna tenía todas sus calles sin asfaltar, eran unas pocas casas molineras donde los vecinos nos llevábamos como familia”, relata. Entre nostalgia, Esperanza revive la celebración de los Quintos, o tradiciones que han caído en el olvido como “correr el gallo”. “Las fiestas de entonces eran otra cosa, con mucha unión y ambiente”, afirma.

El pasado marzo la bordadora recibió el premio homenaje a los oficios del ayer, un reconocimiento del municipio a su labor durante décadas. Por sus manos han pasado tejidos y telas de toda índole, y en su imaginación aún perviven los detalles de mil bordados acomodados a la estética de cada moda o tendencia pasajera. Sin duda, el mayor mérito de Esperanza ha sido dar la posibilidad a muchas mujeres de ganar su propio sueldo haciendo encargos de bordados cuando en la mayoría de las casas eran los hombres quienes llevaban el jornal. Proveerles de unas habilidades que les servirían para toda una vida de autosuficiencia y creatividad. Compartir con ellas un oficio de los de antaño que hemos olvidado con el tiempo a la vez que, poco a poco, la moda empezó a ser cosa de las superficies comerciales y las grandes firmas.