Fecha: 30 junio, 2014

En medio de la fiebre del bikini y el despertar turístico de los sesenta la costa era un destino para privilegiados. Muchos laguneros disfrutaron de las playas fluviales del entorno hasta la construcción de las piscinas municipales.

Como cualquier pueblo del interior de Castilla, Laguna de Duero vivió más o menos ajeno al despertar turístico que, desde los años cincuenta, rompía los cánones de municipios como Benidorm. La agricultura y la ganadería seguía teniendo gran peso en las actividades de sus vecinos, muchos de los cuales pasaban el periodo estival trabajando en el campo.

Si bien la costumbre del veraneo se iba popularizando entrados los sesenta, los viajes a la costa eran tortuosos y solo permisibles para la economía de unos pocos privilegiados, que normalmente escogían el norte como destino. El resto de laguneros se veía limitado a disfrutar de sus días en la acequia, a orillas del Duero o en las primeras piscinas.

Tal y como figura en los registros históricos, en 1951 entraba en servicio la playa fluvial de Valladolid, originalmente llamada Playa del Batán. Su apertura fue un éxito sin precedentes. Cientos de bañistas de toda índole pasaban las jornadas refrescándose en las aguas del Pisuerga, lo cual obligó al Ayuntamiento de la capital, que no esperaba tal respuesta, a mejorar la calidad y limpieza de la tierra.

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Por entonces otro lugar de ocio y esparcimiento popular era la playa fluvial de Puente Duero. Hasta allí se acercaban ociosos de todos los pueblos del alfoz para escapar de las altas temperaturas.Como testigo de la enorme afluencia a estos espacios quedan las imágenes de un documental filmado en 1965 por Nemesio Montero Pérez, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid. En el mismo pueden apreciarse tomas de la playa de las Moreras y Puente Duero completamente abarrotadas.

Durante el mismo año de rodaje se inauguró, entre Laguna y Boecillo, el complejo de piscinas y restaurante La Ponderosa. Durante años este sirvió como zona de ocio para los vecinos más adinerados, que disponían de un complejo equipado a escasos kilómetros de Laguna, aunque bien es cierto que no todos podían permitirse la entrada al recinto.

Sin embargo, para muchos laguneros no se daría la oportunidad de disfrutar a diario de las piscinas hasta la década de los ochenta, cuando arrancaron las obras para la construcción de las piscinas municipales. Desde entonces estas se han convertido en el principal lugar de descanso veraniego y punto de encuentro en el periodo estival para muchos.

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