Fecha: 22 septiembre, 2016

Uno de los rituales de celebración de los quintos simulaba un torneo medieval donde gallos, conejos e incluso gatos eran sacrificados, lo cual terminó en prohibición al ser una costumbre mal vista

La reciente prohibición relacionada con el festejo tordesillano del Toro de la Vega ha abierto el debate sobre la necesidad de adaptar las costumbres y tradiciones a los tiempos actuales. No se trata de nada nuevo: si buceamos en los archivos históricos, en la mayoría de municipios se ponían en práctica costumbres que, en determinados casos, terminaron prohibidas con el avance de la mentalidad de la época. En el caso de Laguna de Duero, una de sus tradiciones más arraigadas tenía que ver con el sacrificio de animales, y se desarrollaba durante la celebración de los quintos.

Cada mes de febrero, los quintos laguneros celebraban su paso a la vida adulta con las tradicionales pedidas de rosquillas por las casas, las comidas, los bailes y un ritual que se remontaba a los torneos medievales; bajo el nombre de ‘Correr los gallos’, los mozos participaban de una representación casi bélica donde el enemigo contra el que vengarse era un ave de corral que pendía de una cuerda.

Esta se colocaba, de lado a lado, en la calle Sol o la calle Arrabal. Cada joven aportaba un gallo al festejo, aunque, en caso de no conseguirlo, podía llevar un conejo, un cordero u otro animal de corral. En casos excepcionales se llevaban incluso gatos. Los quintos debían agenciarse también una montura: caballos, yeguas o incluso burros para los menos pudientes. Por último, debían confeccionarse una espada, que en muchos casos era cualquier objeto punzante, como un gancho de la lumbre o la varilla de un paraguas viejo.

Uno por uno, los quintos intentaban sablear, a su paso de galope, al animal que pendía de la cuerda, atado por las patas. En el punto de partida era habitual que cada participante lanzare arengas o recitase versos festivos. Una vez que habían pasado todos los quintos, o si el gallo estaba ya excesivamente castigado, era retirado y sustituido por un nuevo animal. También era común que, en el momento de ensartar el estoque, los mozos próximos a la

cuerda levantaran esta, causando gran disgusto a la víctima de la broma y regocijo entre los asistentes. Tal y como recoge Javier Palomar en su libro ‘Laguna de Memoria’, “el estoque más delicado de marcar era el de los conejos, porque al clavar la espada las tripas salían y salpicaban, y quedaban colgando”. También consta que los gatos debían ir tapados con un saco, pues, en caso contrario, el animal no paraba de retorcerse, haciendo imposible la faena de los rejoneadores. En los últimos tiempos, algunos quintos incluso participaban en bicicleta, adulterando una fiesta cuyo final se hizo inminente.

Nadie recuerda los motivos de la prohibición, si bien se piensa que la costumbre empezaba a estar mal vista por las gentes más cultas e influyentes del municipio. El caso es que 1953 fue el último año en que se celebró, en medio de las presiones del párroco y la Guardia Civil. Más de medio siglo después la esencia de esta tradición ha regresado a través de la carrera de cintas a caballo. Esta, organizada durante los festejos de San Pedro Regalado por la A.T. Virgen del Villar, ha contado con gran éxito de participación y público, y ha servido para rememorar una costumbre adaptada a los tiempos actuales.

Fuente: ‘Laguna de Memoria’, Javier Palomar del Río.